Puede dar una sensación momentánea de calma, pero el alcohol no reduce el estrés: lo deprime químicamente. Cuando el efecto pasa, el malestar sigue ahí… y muchas veces vuelve con más intensidad.
Aunque “dé sueño”, fragmenta el descanso, empeora la regulación emocional y aumenta la ansiedad al día siguiente.
Si cada vez que te sientes mal recurres al alcohol, el cerebro aprende rápido: malestar = beber. Ahí aumenta el riesgo de tolerancia, más consumo y problemas de salud mental a largo plazo.